En Washington, el ejecutivo busca convencer al congreso para adquirir Groenlandia. Algunos legisladores analizan su valor estratégico, mientras daneses y groenlandeses rechazan negociar su soberanía
En Washington, el ejecutivo busca convencer al congreso para adquirir Groenlandia. Algunos legisladores analizan su valor estratégico, mientras daneses y groenlandeses rechazan negociar su soberanía

Aunque por el momento no existe una legislación aprobada por el Congreso de los Estados Unidos que respalde formalmente la compra de Groenlandia a Dinamarca; la propuesta sigue siendo impulsada tanto por el Secretario de Estado, Marco Rubio, que viene acercándose a los parlamentarios para buscar apoyo del legislativo.
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Por el momento, el Senado y la Cámara de Representantes no han avanzado con un proyecto concreto de compra ni con una asignación presupuestaria específica para ello. La discusión en el Congreso se centra más en debates estratégicos y de seguridad ártica que en una transacción territorial formal.
Ciertos legisladores han respaldado la idea de al menos explorar posibles acuerdos diplomáticos o mecanismos que permitan aumentar la presencia e influencia estadounidense en Groenlandia, incluyendo opciones de cooperación de defensa o inversiones económicas. En este contexto, Rubio también ha sido un vocero prominente para llevar el tema al diálogo formal entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia. A su vez, hay voces dentro del propio Congreso que advierten que intentar adquirir territorio soberano plantea implicaciones constitucionales y geopolíticas profundas, especialmente sobre la soberanía de países aliados.
Tanto el gobierno danés como la primera ministra Mette Frederiksen han declarado de manera categórica que Groenlandia “no está en venta” y que cualquier intento de venta o adquisición sería incompatible con el derecho internacional y el marco de autonomía existente. La postura firme de Copenhague es que la soberanía sobre Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca y que este territorio no puede ser objeto de transacción sin su consentimiento, algo que se ha reiterado ante la prensa internacional y en comunicados oficiales.
El gobierno y la mayoría de la población de Groenlandia han expresado que no desean convertirse en parte de los Estados Unidos. Encuestas recientes indican que aproximadamente 85% de los groenlandeses rechazan la idea de ser ciudadanos estadounidenses o de que su territorio sea anexado por Estados Unidos. Esta oposición se extiende más allá de líneas partidarias, reflejando un fuerte deseo de autonomía y un rechazo a perder su identidad cultural y política.
Aunque no hay un proceso formal de compra iniciado en el Congreso, sí existen conversaciones diplomáticas entre Estados Unidos, Dinamarca y líderes groenlandeses sobre temas de cooperación en defensa, inversión en infraestructura y seguridad ártica. Estas discusiones, que incluyen posibles reuniones bilaterales, se han planteado como alternativas a una adquisición territorial y pueden ayudar a enfocar los intereses estadounidenses en el Ártico sin alterar la soberanía danesa.
Una de las principales razones que impulsan el interés estadounidense en Groenlandia es su ubicación estratégica en el Ártico. La isla se sitúa entre el océano Atlántico y el océano Ártico, ofreciendo una posición clave para vigilancia militar, rutas navales emergentes por el deshielo polar y monitoreo de actividades extranjeras en la región, especialmente de Rusia y China. Este contexto geopolítico ha intensificado la percepción de Groenlandia como un punto esencial para garantizar la seguridad hemisférica estadounidense.
Desde la perspectiva de Washington, contar con una presencia robusta en Groenlandia permitiría fortalecer el control sobre el llamado GIUK Gap (paso estratégico entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido) y mantener una ventaja en el seguimiento de movimientos militares y comerciales en el Atlántico Norte. Aunque Estados Unidos ya tiene derechos de uso militar en Groenlandia conforme al tratado de defensa de 1951, algunos sectores políticos consideran que la posesión plena podría facilitar una respuesta más integrada a amenazas potenciales —reales o percibidas— de potencias competidoras.
Quienes apoyan la iniciativa—o al menos una intensificación de vínculos—argumentan que el cambio climático está abriendo nuevas rutas marítimas en el Ártico, lo que incrementa la importancia logística y económica de la región. Asimismo, una mayor presencia estadounidense podría contribuir a contrarrestar la expansión de intereses de China y Rusia en el norte global, y asegurar que los flujos comerciales y de información se mantengan bajo supervisión aliada.
La propuesta ha generado inquietud no solo en Dinamarca sino también en otros países europeos. Líderes de Francia, Alemania e Italia han enfatizado que cualquier intento de adquisición territorial por parte de Estados Unidos sería incompatible con el orden internacional y podría dañar la cohesión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Estas preocupaciones reflejan el riesgo de fractura en alianzas tradicionales si la soberanía de un Estado miembro o asociado es cuestionada por un aliado estratégico.
Groenlandia es conocida por sus vastos depósitos de minerales críticos, incluyendo tierras raras, grafito, zinc, cobre y potenciales reservas de oro. Estos elementos son fundamentales para industrias de alta tecnología, energía renovable y defensa moderna, ya que muchos países buscan diversificar cadenas de suministro y reducir la dependencia de proveedores dominantes como China.
A pesar de la riqueza mineral, la explotación a gran escala enfrenta desafíos significativos, como condiciones climáticas extremas, barreras logísticas, regulación ambiental y la necesidad de acuerdos con autoridades locales. Estas dificultades implican que incluso sin un cambio de soberanía, Estados Unidos y empresas internacionales pueden participar en proyectos de extracción dentro de los marcos legales establecidos por el Gobierno de Groenlandia y Dinamarca.
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Aunque no existe un avance legislativo formal en el Congreso de EE. UU. para comprar Groenlandia, el tema ha adquirido relevancia política y estratégica. La propuesta sigue generando debate en Washington, rechazos firmes desde Dinamarca y Groenlandia, y preocupación en aliados europeos. Las razones geopolíticas detrás del interés estadounidense se centran en seguridad nacional y competencia global en el Ártico, mientras que la riqueza mineral del territorio añade otra capa de interés económico. Cualquier cambio en la situación actual requeriría no solo un proceso legislativo muy complejo en Estados Unidos, sino también la voluntad explícita de Dinamarca y de la población groenlandesa, algo que hoy por hoy no se encuentra en la agenda oficial de Copenhague ni de Nuuk.